martes, 6 de agosto de 2013

ME CUESTA ENCONTRAR ALGO QUE VALGA LA PENA

Mi nombre es A, soy hombre y vivo en X, una ciudad mediana, importante por allá por el siglo XIX. Todo comenzó el primer día de clase de segundo de secundaria, cuando yo tenia 13 años. Entré en clase, me senté en cualquier parte, como los demás, y vi entrar, de entre todos aquellos chicos y chicas, a una mujercita preciosa. Llevaba el pelo hasta los hombros, una camiseta roja de mujer, y unos vaqueros negros. Hizo lo mismo que yo, se sentó en cualquier parte y no dijo nada ni habló con nadie. Finalmente, la profesora repartió los sitios y, por azar, a mi y a ella nos sentó juntos. La saludé, le pregunté su nombre y si era nueva, pues yo nunca la había visto. Me dijo que no y resultó que era una chica en la que yo nunca me había fijado. Conforme fuimos hablando, noté que éramos algo diferentes (A mi me gusta hablar de muchas cosas, conocer gente, pero ella se mostraba algo tímida) Como me gustaba, le pregunté si podía hacerle un retrato. Se sorprendió, pero aceptó. Me salió mal y le prometí uno mejor.
Al principio, me tomó por un imbécil, creo yo. Era muy borde, pero yo siempre suavizaba su carácter con mi mejor sonrisa, como he hecho siempre. A fuerza de suavizar, nos hicimos amigos Con el tiempo, empecé a acompañarla a su casa cuando se marchaba a las 5, le hablaba en clase y fuera de clase, y nos llevábamos muy bien. Me enamoré. Quería decirle que era la mujer más bonita de la tierra, que sus ojos no tenían igual, que me desarmaba y que quería poder estar siempre con ella, hablando de cualquier cosa, de cualquier tema, poder ver su sonrisa hacia mí todos los días de mi vida. El último día de clases, le regalé mi mejor obra, su retrato prometido. Según ella, aún conserva aquel retrato en su habitación a día de hoy.
Yo la amaba con locura. Habían pasado algunas cosas, pero el amor es sufrido y bondadoso. El amor no es celoso, no lleva cuenta del daño. Todas las cosas las soporta, todas las cree, todas las espera, todas las aguanta.
Llegó el verano y no pasaba un día en que no pensase en ella. Yo me había quedado en X, pero ella se había ido de viaje. Solía pasear, melancólico, por las calles de mi barrio, pensativo y cabizbajo, dándole vueltas a la idea del rechazo. Yo nunca he sido muy guapo, ni lo seré, pero sé que mis palabras pueden llegar al alma, y que Dios era justo, y que ella tenía que estar conmigo, por que era natural.
Un día de finales de Agosto la encontré, caminando con una amiga, a lo lejos. Solía imaginarme que nos encontrábamos y que yo le confesaba lo que sentía y que ella me decía que sentía lo mismo, pero esa vez era verdad. Para explicar por qué estaba ahí, me inventé una historia, y la saludé, como sorprendido. Nos contamos el verano, me presentó a su amiga, y pasamos una tarde maravillosa. De camino a su casa, de vuelta por la noche, cuando estábamos solos, decidí que aquel día no se lo diría, tenía miedo. Decidí que no pasarían tres meses sin que le confesase que quería estar junto a ella siempre. Acababa de vivir el mejor día de mi vida, al menos hasta ahora.
Cuando empezó tercero, y entré en el colegio, la volví a ver. Se había cortado el pelo, estaba más preciosa que nunca, o quizá era yo quien la quería como a mi alma. En clase hablábamos de todo, y constantemente nos decían que nos callásemos. Hacíamos bromas, explicábamos historias, reíamos y charlábamos todos los días, y contaba todas las horas con ella como valiosas gotitas de rocío que, a medias, saciaban mi sed de cariño y de afecto que sólo ella me podía dar. Me daba muchísimo miedo perder aquello ¡Cómo podría haber sabido que mi mayor miedo se haría realidad!
Un día, hablando con una amiga suya, me dijo que lo dejase ya, que la dejase a ella en paz. Yo estaba muy sorprendido, y le pregunté que porque decía eso. Me escupió la frase mas horrible que puede pronunciar una persona: “¿Sabes que tiene novio, no?” Te lo digo por que os veo hablar y que ella te interesa, pero ella ya está enamorada.
A veces, cuando la información es tan fuerte, uno no la entiende. Oye, pero no escucha, no comprende. No lo entendía, así que fingí que ya lo sabía y volví a mi sitio. Se abrieron las compuertas del cielo y me fue dada la llave del abismo. Caía, yo y el agua, como un torrente sin fin, hacia abajo. De pronto todo yo era líquido y me fundía como el metal, me derretía con dolor, y de dolor.
Jamás me he vuelto a sentir tan mal como aquellos días. Era imposible sentir más dolor. Todo era negro, vano, vacío. No tenía fuerzas para nada. No comía, no bebía. Sólo quería dejar de ser. Pero ella seguía allí, activa y sonriente. El mundo no se había acabado, mas que para mí. Le contaron lo que me pasaba, pero yo le seguí dedicando la mayor de mis sonrisas, no se merecía menos. A los pocos días me invitó a acompañarla a casa y habló conmigo. Me pidió que me olvidase de ella, que no le gustaba verme así, que siguiésemos como siempre, y yo acepté. ¿Qué iba a hacer si no?
Pasaron los meses, y yo cada vez estaba peor. Pero le seguía sonriendo, a ella y al mundo, y jamás dejaré de hacerlo. Por ese entonces mi habilidad para el dibujo había mejorado mucho, y volví a hacerle un retrato, esta vez me salió totalmente perfecto, sin ninguna imperfección. Y el retrato empezó a obsesionarme. Decidí deshacerme de el antes de volverme loco. Entonces se me ocurrió una idea mejor. Deshacerme de ella también. Deshacerme de todo y volver a como yo era antes.
Llevé mi retrato hasta la puerta de su casa, y lo dejé allí. Sabía que se enfadaría conmigo, que lo encontraría su padre o su madre y le harían preguntas, pero no me imaginé que me haría un escándalo en medio del patio.
Sin avisar, llegó ella seguida de 5 o 6 chicas, a clavarme y a matarme. Dijo cosas horribles (que debía de merecer, formaban parte de mi plan) y rompió el retrato en mis narices. Le respondí a todo con una sonrisa enorme, y unas pocas palabras. No volví a hablar con ella aquel año, ni el siguiente. Había cumplido mi objetivo, hacer realidad mi mayor miedo y soportarlo.
Cuando ella acabó secundaria, yo había repetido. Repetí por no venir a clase, y no venía a clase por que no tenía motivos ni para respirar. A fin de cuentas, no me espera nada en esta vida, ni tengo ningún objetivo. Vivía por que el aire era gratis, y repetir me dio francamente igual.
Un dia volvimos a hablar, cuando vino a recoger a su hermana pequeña, y estuvimos conversando de música como si no hubiese pasado nada. Decidí que no volvería a perder aquello y decidí conservarlo. Ella me dijo que había roto con su novio, me sentí algo triste por ello, pero al mismo tiempo no podia dejar a un lado la esperanza que ello me despertó. Volví a mi casa, pensativo.
Pasaron los meses, y la mandé llamar para hablar con ella de nosotros, de forma seria y más adulta (ahora yo tenia 16 años). Le expliqué por que había hecho todo lo que había hecho, y le pregunté si tenía alguna posibilidad. Me dijo algo ambiguo, indecisa, que nos iríamos viendo. No lo entendí. Efectivamente nos fuimos viendo, y un día me dio su teléfono.
Pero mi amor por ella no se había reducido nada y quería hablar con ella de muchas cosas. Así que la llamaba regularmente, pero la mayoría de veces no lo cogía. Empecé a pensar que estaba jugando conmigo. Me enfadé y me olvidé de sonreír. Habían pasado muchas cosas. Un día me dijo por mensaje que le molestaba que le llamase, así que le pedí perdón y le dije que no le volvería a llamar, pero estaba cansado de tanto juego, y le pedí claridad. Pero no me respondió. 100 golpes, 1000 palabras dañinas no me hubiesen hecho tanto daño como ese silencio, que dura hasta día de hoy.
Tengo 17 años. A día de hoy me sigue costando encontrar nada que valga la pena. A veces me voy a dormir y pienso que ojalá me duerma para siempre, me levanto y pienso que ojalá no me hubiese levantado nunca. Que ojalá no hubiese nacido. Salgo a mi terraza y ahí está, el vacío llamándome. Le dedico la mejor de mis sonrisas y vuelvo a mi casa.
A veces me la encuentro en el autobús al instituto. La última vez, hoy. Nos hemos dicho hola. Le he sonreído. Me ha dicho hola y me ha devuelto la sonrisa. ¡Qué feliz he sido! Es mi última gotita de rocío, los últimos restos de humedad que quedan en mi boca.

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